Giovanna-Miyó está de cumpleaños: Apuntes sobre Las Historias de Giovanna

A propósito del aniversario de nuestra Miyó-Giovanna

En 1971 Miyó Vestrini publica su primer poemario, Las Historias de Giovanna, donde, aunque ella lo negó, se enmascara en otra mujer para evocar sus propias emociones. Desde esta primera obra, relució lo prosaico de su poesía despojada de preciosismos. La memoria, es en este libro, un hilo que atraviesa y entreteje el cuerpo del poema, los recuerdos enturbiados, dolorosos como agujas ya enterradas en otras épocas y en otros lugares, murmuran y aparecen como fantasmas en la vida adolescente de Giovonna-Miyó.

Hay en este libro, una impronta de su adolescencia, la huella del fruto sensual aun no madurado de una muchacha que arrastra su nostalgia suave, brumosa, no empañada aun por la ira que explotaría en sus siguientes poemarios. La ingenuidad también se asoma en alguna palabra o gesto y queda flotando a veces, un poco oculta:

“…Es imposible, Giovanna, murmuraba, saber ahora cuándo comienza la primera aventura europea y si alguna vez existió. No importa ignorarla, reducirla a una voraz temporada de camas desechas, cuentos inacabables y tristes, idéntica luz que desde el balcón se mezcla con el oeste de la ciudad. Pienso, es grave, Giovanna, no poder confundir los acontecimientos, en una sola historia lisa y tranquila, con personajes normales o no, siempre en orden alfabético…” (Vestrini, 1971, p. 26).

El poeta y amigo de la escritora, Luis Camilo Guevara adjetiva este libro como uno “palpitante”. Éste pensó que Las Historias de Giovanna exigían “un profundo y apasionado desplazamiento sobre la superficie del espejo” (en Vestrini, 1971). ¿Cuál espejo?, uno ante el cual, Miyó transitaba fugazmente, entreviéndose de a ratos, confrontándose y huyendo de sí, intermitentemente.

A continuación algunos poemas del libro:

*

Toda la noche, Giovanna le ha sostenido la cabeza esperando que concluya su delirio. Giovanna, semidesnuda, muerta de risa, impregnada de un perfume oscuro y dulce. Giovanna que le habla entre dientes y mira de reojo la hora. Giovanna, despeinada, con el brazo entumecido a fuerza de aguantarlo contra el diván.

**

Ocurrirá cuando hayan pasado quince días,

cuando Giovanna comience a sentirse

            hostil y agresiva.

Hoy, lee los periódicos,

imagina la guerra,

trata de descifrar fotografías borrosas,

 <<cuatro mil o más manifestantes

        desfilaron contra la guerra del Vietnam

       en Kufuer>>,

no entiende el nombre,

salta algunas líneas,

regresa al principio,

se pregunta qué estará ocurriendo,

abierta a toda sospecha,

culpable, piensa,

de hacer tantas cosas al mismo tiempo,

de no obedecer órdenes útiles y precisas,

de nuevo la conserje,

el ascensor que chilla entre el primero

             y el segundo piso,

y el desaliento, querida Giovanna para que

             todo lo

recuerdes mal.

***

Historias,

historias,

chillaba el padre,

sobre la mesa la madre ha puesto el pollo frito

y las tortas de harina,

afuera,

el calor hace chillar el portón de metal

y, desde la plaza, los muchachos silban a

              Giovannna.

Ella no sabe aún

que tendrá que esperar más de un año

para que la inscriban en la escuela del pueblo

y la lleven a saludar al dueño de la botica

En el autobús, Giovanna ha visto el gesto del anciano cuando escupe una gruesa y roja saliva en un vaso de cartón y trata de vaciarlo por la ventana. El viento abate sobre Giovanna el líquido viscoso que ahora resbala en su brazo. La madre grita furiosa mientras limpia a Giovanna con un pañuelo blanco y agua de colonia. El viejo se voltea para mirarlas: Giovanna ser ríe con él, sucio y desdentado, con ese azul impreciso que tienen los ojos de los viejos. Llegan. La madre le cuenta todo al padre y termina llorando, preguntando otra vez cuándo nos iremos de aquí, cuándo regresaremos a Europa a celebrar la Pascua Florida. Desde la plaza los muchachos silban a Giovanna, de nuevo, y ella los mira, riendo y haciendo gestos. Giovanna llora y se pasa la lengua, allí donde el viejo le había escupido.

Diana Moncada

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