Amelia, quizás seas una línea irregular atravesando las cabezas del tiempo

Un cuerpo que desaparece es una ficción helada, agujereada por gusanos de luz de otros tiempos. Un cuerpo que desaparece es un pedazo de rabia hundiéndose más y más hasta llegar al núcleo, al magma que quema los ojos para la eternidad.

El cuerpo desaparecido de una máquina voladora es una provocación pero tu cuerpo desaparecido es el temblor de las nubes que se desgarran para continuar. Es decir, tu desaparición es una continuidad de sentidos en expansión. Tus ojos el ave incorrecta, la desviación afilada de un vuelo innominado. Una suspensión de la mirada.

Hayas caído como bala indómita en las fauces del océano pacífico o como incandescente piel en manos de extraños carceleros, la línea ecuatorial aun persigue salvajemente tu furia entre todas las alas que han penetrado el cielo con sus ruidos.

Amelia, confundiste el hambre de los cielos con tus manos excitadas por el olor de las grutas, tus manos marcadas por los signos del revés de la tierra. Encontraste en el descenso la liviandad de las flores que crecen a destiempo como desafiando el orden de todas las cosas. Encontraste una vasija cuyo fondo acogió la bitácora desmesurada de tus ojos sin bordes, sin tiempo. Tus ojos coronados por la inabarcable pelvis del mundo.

Nunca fuiste una costra adherida a los suelos pero durante tu último vuelo, la caída embistió tu cuerpo como a una tela animal de malezas blandas y memorias de grandeza. Tu caída es una interminable canción de inciertos minerales. No, tu caída no existe, existe la estela de los sueños arrancados, el vuelo hacia la concavidad de todos los huesos rugiendo juntos.

Conozco la torcedura de tu trueno cuando se abrió ciego y solo a la curva inverosímil del atlántico. Has sido un cuerpo asomado a la estrechez de las palabras tibias. Un cuerpo febril mordiendo los metales del silencio, silencio que tragaste a dentelladas junto a las sales que mantenían tus ojos en la vigilia de lo abierto.

33.000 kilómetros te separan del corazón anestesiado de la tierra melancólica. 33.000 alas plegándose en los intersticios secretos de las nubes desertoras.

Quizás seas una línea irregular atravesando todas las cabezas del tiempo que teje su secreto como una araña milenaria.

Quizás seas el hilo, la materia que une el sudor caduco del sol con la placenta absorta de los cuerpos sin vuelo.

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